Autoevaluación > Pregunta 4 - ejercicio 2

Lee la siguiente carta:

Querida hermana,

Te escribo recostada en una cama de tren. Las sábanas son blancas, al igual que la almohada, como en cualquier cuarto de hotel, pero las ventanas dejan al descubierto ciudades intermitentes, que iluminan en la imaginación breves historias inconclusas. Nunca un viaje en tren había sido tan reconfortante.

Dejé la húmeda ciudad de los charcos y viajo al Norte, hacia la ciudad de las bicicletas. Me da la impresión subjetiva de que mi rostro ha comenzado a parecerse a los de aquí. Trato de no pensar en la muerte, en los cultivos de arroz que fueron destruidos por los enemigos durante la guerra de los 10.000 días ni en el hambre ni en la severidad de esos tiempos, pero es inevitable que los rostros se parezcan también a eso: como si los ojos guardaran en la memoria lo visto. Por eso hay más templanza en la mirada de los soldados.

Quién podría creer que a esta edad tuviera tan poco que dejar, me queda solo un remoto recuerdo del frío, que no se parece en nada a recordar un olor, pero sí a las desoladas calles del Bogotá durante la época de las bombas, en los años 90. Aquí, en cambio, hasta la lluvia es tibia, aun cuando sé que cae del mismo cielo. Recuerdo con claridad la persecución de las chaquetas de cuero y los tacones en los buses cuando todo olía a miedo, ante la silenciosa paciencia de las ratas.

En esta selva, los dedos de los pies transcurren sus días asomados en el hueco de las sandalias, mientras que mi espíritu empatiza con naturalidad en lo que parece quedar de las antiguas tradiciones budistas y, en esa especie de reconocimiento, mis dedos de los pies y mi espíritu se declaran confianza mutua. No es extraño que con frecuencia me ponga a caminar sin propósito definido, a veces incluso olvido la razón por la que vine a este país. Es tan fácil detenerse en lo pequeño que la visión de la totalidad tiende a desparecer. Pero el propósito vuelve, de vez en cuando, a mi mente con la precisión de un cuchillo enemigo: vine aquí para olvidar.

Lo demás será, en lo sucesivo, la necesidad del momento: comer… buscar… llegar… partir de nuevo. Me limito como estas palmeras cotidianas a no anticiparme, a no esperar, a intentar permanecer quieta el tiempo necesario como para mimetizarme con el paisaje y echar raíces lo suficientemente hondas para detenerme: quedarme aquí. Pero la poca profundidad del pantano no me da el permiso.

Dejo por ahora la comodidad de esta cama de tren para acostumbrarme a la comodidad del clima. En Vietnam solo hay dos estaciones: temporada de lluvias y temporada de viento, pero el calor y la humedad son leyes fijas. Te digo adiós con la alegría de estar por llegar a algún sitio.

Amanda


 

Marca la palabra que más se aproxime en significado a la que está subrayada.

Las ventanas dejan al descubierto ciudades intermitentes.