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Curaduría en la periferia

A lo largo de la década pasada hizo su entrada en la periferia un nuevo agente cultural, el curador de arte contemporáneo. El título de “curador” no surgió por la definición universitaria, sino por la emergencia de un cierto número de agentes que se apropiaron del modelo metropolitano del “curador independiente” para acompañar la ruta de los artistas locales hacia las prácticas post-conceptuales, transformar las estructuras de representación artística local, y negociar los términos de la inserción de obras e historias en el circuito global. Esa intervención estuvo definida por una alteración de la geopolítica cultural. El arte dejó de operar sobre la base del monólogo de los centros de “arte internacional” que, desde 1945, correspondieron a las capitales de la OTAN, y la marginalidad de las versiones más o menos desarrolladas de arte moderno del resto. Ese tránsito hacia una escena integrada requería de una interacción muy distinta que la mera selección de autores: supuso hacerse cargo de pensar el contexto y los medios de la cultura emergente como un campo de batallas, asumidas sin la conocida mezcla conservadora de la paranoia y la resignación.

Medina, Cuauhtémoc. 2010

El término de curador presenta múltiples significaciones tanto en su definición como en los límites de su ejercicio. Tradicionalmente, se define

“Un curador estudia, clasifica, establece categorías de análisis, contenidos temáticos, redacta guiones, instaura y supervisa normas técnicas, documenta materiales culturales y difunde conocimiento al público. El curador Oliver Debroise afirma que la misión de un curador es abrir nuevos caminos y asegurar la sobrevivencia de los principios éticos y estéticos.” (Ministerio de Cultura, et. al. 2009: 12)

En esta misma dinámica, Fowle aborda al curador como aquel que “explora, descubre, documenta y exhibe las ideas del arte. Y se las presenta al mundo con buen gusto y conocimiento, tomando un profundo interés por los artistas, sus obras y, por supuesto, analizando las formas de las exposiciones” (Fowle, 2007: 12-14), crea, además, la imagen del artista y lo promociona en el mercado del arte como su agente o marchante. La curación suele partir de la preparación de la exposición, ya que supone una buena forma de introducir a un artista determinado y a su curador a la sociedad.

Dewar (2010: 5) distingue cuatro funciones principales del curador:

  • Articular el concepto para la exhibición del arte y conceptualizar la manera en que estas obras se pueden presentar al público;

  • Organizar e implementar esa presentación, representando al(los) artista(s) y su trabajo;

  • Funcionar como intermediario entre la institución encargada de la exhibición (galería/museo/institución) y el artista, asegurándose de que se aborden todas las áreas de responsabilidad del proyecto.
    El conservador debe tener en cuenta un panorama amplio y garantizar una atención cuidadosa a los intereses del artista respetando el mandato, las necesidades y las prioridades de la galería;

  • Brindar acceso profesional y público a las ideas y el arte del proyecto organizando la exhibición o el proyecto en sí, escribiendo varios tipos de textos (curatorial, didáctico y promocional) y organizando presentaciones públicas asociadas al proyecto.

Estas acepciones nos plantean un acercamiento de tipo formal, donde el curador es la persona que se encarga de la gestión de una colección por medio de un ejercicio de documentación y estudio de los objetos.

La práctica de la curaduría y los actores que generalmente lo ejercen, que pueden denominarse como comisarios, curadores o también artistas-curadores, es determinante en la circulación de obras de arte en la actualidad. Se trate de una bienal, una exposición colectiva o un salón de artistas, los criterios de estas personas son claves para la estructura de la presentación de las obra que van a presentarse. En el arte la figura del curador adquiere un papel fundamental para la mediación del artista - obra - circuito de exposición, configurando una profesión necesaria en la generación de exposiciones, más allá de ser un diseñador,  museógrafo o gestor de colecciones/ exposiciones, son los encargados de brindar los lineamientos conceptuales de la exposición.

Desde que eventos como La documenta en Kassel, Alemania, la Bienal de Sao Paulo en Brasil, el Salón Nacional de Artistas en Colombia o las ferias de arte han crecido en influencia e impacto para el arte global, la figura del curador se ha convertido en determinante para establecer criterios acerca de qué obras se exponen, cómo se exponen y cuáles artistas o grupos de artistas deben ser representativos de la época. Fowle afirma que la curaduría puede proporcionar una plataforma para realizar las ideas y los intereses de los artistas, debe ser sensible a las situaciones en las que ocurre, y debe abordar temas artísticos, sociales, culturales o políticos de manera creativa (Fowle, 2007: 14-16).  

Los circuitos del arte en Colombia replican muchas veces la dinámica mundial de exhibiciones y circulación a través de salones, bienales y ferias de arte. Esta serie de acciones curatoriales responden, en gran medida, a relatos hegemónicos y globales en donde se desconoce la producción emergente y periférica. Como lo afirma Haskote (En Mosquera, G. y Papastergiadis, N. 2015) la periferia es a menudo un teatro mucho más dinámico de desarrollo que el centro.